Un sentimiento recurrente que tengo al culminar un viaje es que todo lo que dejo atrás está a la vuelta de la esquina.
Que a pesar de retornar a mi país, no importa cuan lejos haya sido mi destino, siento que puedo volver si quiero la próxima semana.
Es un sentimiento sumamente frustrante, por que a medida que van pasando los días, más lejano se hace ese sentimiento, de que los paisajes, gente, perfumes, sonidos que quedaron atrás ya no están tan cerca.
De esa forma me sentí cuando el avión despego de Madrir.
Dejaba atrás una infinidad de información que mi cerebro quería preserbar, ya sabiendo de antemando en mi subconciente que tenía que atesorar esos detalles pues no sabría cuando podría retornar y si quizás, alguna vez lo hacia, ya no serían los mismos.
Fue un verano cálido, no tan sofocante como de costumbre, dijo el taximetrista al llevarme al aeropuerto, haciendome entender lo dichoso que era de haber viajado justo este año y sin saber que mi destino me depararía un Montevideo de cinco grados y lluvias.
Antes de salir de mi fastuoso hotel de tres estrellas, pensé en que estarían haciendo mis seres queridos. Y como suele saber el viajero, la física no acompaña los sentimientos, entonces pensé que podrían estar sentados en la gran mesa de la cocina, donde los olores a carne y papas al horno anunciaban que ya estabamos cerca del medio día.
No podría detenerme en contar algo exacto de mi estadía, lo que uno sabe que es maravilloso luego cuando lo vé lo termina siento, nunca me sentí defraudado por una obra de arte ( quizás la mona lisa, pero esta está en francia y no viene al caso ) o por un museo, o por un lugar.
De ahí el pensar de que los lugares famosos son famosos por algo y una vez en la vida hay que visitarlos.
Una cosa que me extraño es la falta de sentimiento de raiz y a pesar de no tener ni una gota de sangre autóctona, me sentí mucho mas en casa en Machu Pichu, que en lo que podría ser mi tierra natal.
Me dió un poco de pena ver que la gente puede vivir más tranquila, diferente a mi viejo y oscuro Montevideo, donde hay que cuidar la luz y el tomarse un bus requiere mas de media hora de espera.
Y ahora que lo pienso con detenimiento mas que pena fue una envidia y quizás logré entender un poco más a la gente que se fue de mi país.
Ni bien aterrizo el avión tenía prometido escuchar mi canción preferida española, o quizás una de ellas, es que ya estaba en España!, entonces venia muy bien al caso, tomé mi maleta y me fuí cantando: “ese toro enamorado de la luna...”