Por fin había llegado a mi ultima estación.
Plaza Italia me brindaba sus bancos para disfrutar el sol de la mañana, que con ojos cerrados, miraba de frente para calentar un poco esa fría mañana.
Solo me faltaban dos horas y media de camino a casa, que a pesar de ser rutina, siempre era algo tedioso.
Todo transcurría normal, mi larga espera, la gente a mi alrededor, las caras que uno ve a diario, que son tan familiares, que si están ausentes, sentimos que hay algo que no anda bien, pero no conocemos sus nombres, ni nunca hablamos con ellos.
Todo era tan normal, tan teatral, que sentía que algo no encajaba.
Hasta que di vuelta mi cabeza y la vi, con sus mismos ojos de siempre, esos ojos marrones que cuando miran lastiman y que te cortan el aliento.
Sentada cerca mio estaba, sin hacer advertencia de su presencia, solo una fragancia a frutilla podía afirmar que ella estaba allí.
Fueron dos largas horas de camino a casa, que jamas me atreví a mirarla a los ojos, pero aún así, solo sabiendo de su presencia, leí sus intenciones.
Tomando revancha de viejas vivencias, esta vez fui yo el que la deje atrás, sin jamás mirar, que decían sus ojos.