Luego de despedirnos de nuestros padres, partimos, todos juntos, mas juntos que nunca, dejando atrás algo mas que Villa Biarritz, dejando atrás nuestras vidas de niños, sin preocupaciones, sin desamores, sin desencantos, sin responsabilidades.
Un primer beso, una primera borrachera, una primera novia, una primera libertad, fue lo que encontramos muchos en ese viaje, pero lo mas extraño es que año tras año, fui encontrando primeras cosas nuevas que viví en aquel viaje.
En aquellos días salíamos con amigos, el amigo era todo antes que nada, lo demás era secundario, y ninguno de nosotros hubiéramos ni siquiera titubeado ante la posibilidad de poner las manos en el fuego por alguno de nuestro cuantioso numero de amigos.
Hoy en día ya casi no ponemos la mano por nadie y si alguien jura lo contrario desconfiamos de su palabra.
Salir era una cuantiosa cuestión que nadie se perdía y así como íbamos juntos, nos volvíamos todos juntos.
No existía la plata para la nafta ni el que me pongo, simplemente era lo que me habían comprado mis padres y una boletera.
Tampoco existían muchos lugares para elegir, es mas, había un único lugar, donde íbamos pobres, ricos, amigos, enemigos, novias ex novias.
Recuerdo pensar que nuestras amistades serían para siempre.
Alguien me podría decir de que peco en darle demasiada importancia a unas salidas, pero un amigo no es amigo hasta que te ayuda a hablarle a una chica, o te salva de una borrachera, o se pelea con alguien por vos. Y ojo, un amigo no es amigo solo por eso y vaya si lo sabré.
Luego de volver ese 24 de setiembre y no eramos los mismos.
Años mas tarde las vida nos separo y casi que ya ni veo a aquellos amigos.
Pero hoy como tantas noches, me permito recordarlos y brindar por ellos, como si estuvieran a mi lado.